martes, 21 de mayo de 2013

Reseña 2


Tecnologías y espiritualidad


En el principio, era la oralidad. Durante siglos, la forma más natural de producción del lenguaje ha permitido la comunicación entre los seres humanos, la creación de la cultura, la historia y las costumbres. Entonces, la escritura era considerada una amenaza para el pensamiento intelectual, una sistematización de pensadores menos profundos imposibilitados para alcanzar la verdadera sabiduría y, por tanto, la felicidad (Carr, 2010).

A principios del siglo IV a.C., surgió el debate de Platón y Sócrates en torno a la oratoria y el advenimiento de la escritura. Mientras que para uno la escritura, sería la clave del recuerdo, la memoria y la sabiduría del pueblo egipcio, para el otro, “se implantaría el olvido de su alma: dejarían de ejercitar la memoria, porque se basarían en lo escrito; invocarían las cosas a la memoria, ya no desde dentro de sí mismos, sino por medio de marcas exteriores” (Carr, 2010. p. 73). La escritura, entonces, no sería más que la recopilación de sabiduría, no es la sabiduría en sí misma sino su apariencia.

Más tarde, con la llegada de la alfabetización como nueva herramienta tecnológica, la escritura adquiere un valor que define, radicalmente, las sociedades modernas. La alfabetización, que en ese momento era sólo un apoyo a la oralidad, poco a poco fue expandiéndose hasta el punto en que, hoy en día, se le atribuye el desarrollo científico y tecnológico del mundo occidental a dicha expansión. El advenimiento de las tecnologías marcó la transición de lo espiritual a lo material y de lo colectivo a lo individual, la pérdida de la naturaleza inmersa en las profundidades de las nuevas tecnologías.

La creación del reloj, dio paso a la "programación" de la vida cotidiana y el día a día se convirtió en una rutina, una lucha contra el tiempo que corre rápido. La tierra gira sobre su propio eje e incluso, alrededor del Sol y es cuando notamos, sólo cuando vemos el nuevo amanecer, que ha pasado un día más de nuestra existencia, satisfactorio, o tal vez en vano, un círculo vicioso de nunca acabar, trabajando fuertemente por un desarrollo económico que a la final nos desconecta del alma, de la felicidad. Las manecillas del reloj siguen dando vueltas tan rápido que, entre los ruidos, las oficinas, los deberes y las tareas domésticas, las personas dejan de pensar en sí mismas como humanos y empiezan a pensarse como factor de productividad, ante los ojos de una sociedad de consumo, “aún cuando rara vez seamos conscientes de esta realidad, muchas rutinas de nuestra vida siguen caminos establecidos por las tecnologías que se empezaron a usar mucho antes de que naciéramos” (Carr, 2010. p. 65).

Para McLuhan (Carr, 2010) los pueblos que precedieron a la escritura gozaban de una cultura ‘sensible’ una implicación intensa con el mundo que, con la llegada de la alfabetización, causo un desprendimiento en la humanidad, olvidándonos, así, de la implicación social y emocional que anteriormente existía.

En Occidente tratan de llenar su ser con la mayor cantidad de experiencias posibles antes de morir, porque una vez que se muere ya no hay nada que hacer. Este pensamiento crea una gran ansiedad, angustia y un sentimiento de ‘sin sentido’. Si no existe nada que sobreviva al cuerpo, entonces nada de lo que hagas puede ser demasiado profundo ni puede satisfacerte completamente. Si la muerte es el final y nada te trasciende, la vida carece de significado, y cuando esto sucede, la vida es como un cuento contado por un idiota ruidoso y enojado, como un cuento sin mayor significado. La mente oriental sabe que está dentro del cuerpo, pero que no es el cuerpo. Oriente ama el cuerpo, lo considera su morada, su casa, su hogar y no está en contra de él porque es una tontería estar en contra de su propio hogar. Oriente es terrenal pero no materialista; realista pero no materialista; sabe que al morir nada muere, sabe que la vida continúa cuando llega la muerte. (Osho, 2004. p. 5)

Oriente mantiene su tradición, Occidente, por su parte, ha ido evolucionando, “su vida social, sus costumbres han cambiado por completo, incluso se han visto revertidas e invertidas, mientras que su herencia genética parece haber cambiado muy poco o nada des finales de la Edad de Piedra” (Wells, 1938. En Carr, 2010. p. 67). Las tecnologías no sólo fueron de vital ayuda para satisfacer ciertas necesidades de la humanidad, también influyeron de manera considerable en las transformaciones de la conciencia, la expansión del poder, el control sobre nuestras circunstancias el aumento de nuestras habilidades físicas, ampliar la sensibilidad de nuestros sentidos, "remodelar" la naturaleza e incluso, ampliar nuestra capacidad mental: encontrar, clasificar y compartir información, ideas, métodos y conocimientos (Carr, 2010).

Para Ong (1982. En Carr, 2010) Las culturas de tradición oral habían logrado producir obras bellas, con gran valor artístico y humano que, en la actualidad, “ya ni siquiera son posibles, ahora que la escritura ha tomado posesión de la Psique” (Carr, 2010. p. 76), sin embargo, la alfabetización, asegura Ong, se considera la esencia del desarrollo del potencial humano: “Escribir eleva la conciencia” (Carr, 2010. p. 77).

Referencias
Carr, N. (2010). Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Bogotá, Colombia: Taurus.

Osho. (2004). Tónico para el alma: Métodos sencillos para enfrentar las dificultades de la vida cotidiana.

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