Tecnologías
y espiritualidad
En el principio, era la oralidad. Durante siglos, la forma más
natural de producción del lenguaje ha permitido la comunicación entre los seres
humanos, la creación de la cultura, la historia y las costumbres. Entonces, la
escritura era considerada una amenaza para el pensamiento intelectual, una
sistematización de pensadores menos profundos imposibilitados para alcanzar la
verdadera sabiduría y, por tanto, la felicidad (Carr, 2010).
A principios
del siglo IV a.C., surgió el debate de Platón y Sócrates en torno a la oratoria
y el advenimiento de la escritura. Mientras que para uno la escritura, sería la
clave del recuerdo, la memoria y la sabiduría del pueblo egipcio, para el otro,
“se implantaría el olvido de su alma: dejarían de ejercitar la memoria, porque
se basarían en lo escrito; invocarían las cosas a la memoria, ya no desde
dentro de sí mismos, sino por medio de marcas exteriores” (Carr, 2010. p. 73).
La escritura, entonces, no sería más que la recopilación de sabiduría, no es la
sabiduría en sí misma sino su apariencia.
Más tarde,
con la llegada de la alfabetización como nueva herramienta tecnológica, la
escritura adquiere un valor que define, radicalmente, las sociedades modernas.
La alfabetización, que en ese momento era sólo un apoyo a la oralidad, poco a
poco fue expandiéndose hasta el punto en que, hoy en día, se le atribuye el
desarrollo científico y tecnológico del mundo occidental a dicha expansión. El
advenimiento de las tecnologías marcó la transición de lo espiritual a lo
material y de lo colectivo a lo individual, la pérdida de la naturaleza inmersa
en las profundidades de las nuevas tecnologías.
La creación
del reloj, dio paso a la "programación" de la vida cotidiana y el día
a día se convirtió en una rutina, una lucha contra el tiempo que corre rápido. La tierra gira sobre su propio eje e incluso,
alrededor del Sol y es cuando notamos, sólo cuando vemos el nuevo amanecer, que
ha pasado un día más de nuestra existencia, satisfactorio, o tal vez en vano, un círculo
vicioso de nunca acabar, trabajando fuertemente por un desarrollo económico que a la final nos
desconecta del alma, de la felicidad. Las manecillas del reloj siguen dando
vueltas tan rápido que, entre los ruidos, las oficinas, los deberes y las
tareas domésticas, las personas dejan de pensar en sí mismas como humanos y
empiezan a pensarse como factor de productividad, ante los ojos de una sociedad
de consumo, “aún cuando rara vez seamos conscientes de esta realidad, muchas
rutinas de nuestra vida siguen caminos establecidos por las tecnologías que se
empezaron a usar mucho antes de que naciéramos” (Carr, 2010. p. 65).
Para McLuhan
(Carr, 2010) los pueblos que precedieron a la escritura gozaban de una cultura
‘sensible’ una implicación intensa con el mundo que, con la llegada de la
alfabetización, causo un desprendimiento en la humanidad, olvidándonos, así, de
la implicación social y emocional que anteriormente existía.
En
Occidente tratan de llenar su ser con la mayor cantidad de experiencias
posibles antes de morir, porque una vez que se muere ya no hay nada que hacer.
Este pensamiento crea una gran ansiedad, angustia y un sentimiento de ‘sin
sentido’. Si no existe nada que sobreviva al cuerpo, entonces nada de lo que
hagas puede ser demasiado profundo ni puede satisfacerte completamente. Si la
muerte es el final y nada te trasciende, la vida carece de significado, y
cuando esto sucede, la vida es como un cuento contado por un idiota ruidoso y
enojado, como un cuento sin mayor significado. La mente oriental sabe que está
dentro del cuerpo, pero que no es el cuerpo. Oriente ama el cuerpo, lo
considera su morada, su casa, su hogar y no está en contra de él porque es una
tontería estar en contra de su propio hogar. Oriente es terrenal pero no
materialista; realista pero no materialista; sabe que al morir nada muere, sabe
que la vida continúa cuando llega la muerte. (Osho, 2004. p. 5)
Oriente mantiene su tradición, Occidente, por su parte, ha ido
evolucionando, “su vida social, sus costumbres han cambiado por completo,
incluso se han visto revertidas e invertidas, mientras que su herencia genética
parece haber cambiado muy poco o nada des finales de la Edad de Piedra” (Wells,
1938. En Carr, 2010. p. 67). Las tecnologías no sólo fueron de vital ayuda para
satisfacer ciertas necesidades de la humanidad, también influyeron de manera
considerable en las transformaciones de la conciencia, la expansión del poder, el
control sobre nuestras circunstancias el aumento de nuestras habilidades
físicas, ampliar la sensibilidad de nuestros sentidos, "remodelar" la
naturaleza e incluso, ampliar nuestra capacidad mental: encontrar, clasificar y
compartir información, ideas, métodos y conocimientos (Carr, 2010).
Para Ong
(1982. En Carr, 2010) Las culturas de tradición oral habían logrado producir
obras bellas, con gran valor artístico y humano que, en la actualidad, “ya ni
siquiera son posibles, ahora que la escritura ha tomado posesión de la Psique”
(Carr, 2010. p. 76), sin embargo, la alfabetización, asegura Ong, se considera
la esencia del desarrollo del potencial humano: “Escribir eleva la conciencia”
(Carr, 2010. p. 77).
Carr,
N. (2010). Superficiales: ¿Qué está
haciendo Internet con nuestras mentes? Bogotá, Colombia: Taurus.
Osho.
(2004). Tónico para el alma: Métodos
sencillos para enfrentar las dificultades de la vida cotidiana.